8. ¿Es tal nuestra corrupción que somos totalmente incapaces de hacer bien alguno y estamos inclinados a todo mal?
Respuesta: Ciertamente, a no ser que seamos regenerados por el Espíritu Santo.
PREG. 8, CATECISMO DE HILDERBERG
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La gravedad de nuestro extravío espiritual revela que la caída no fue un tropiezo superficial, sino una desorientación total de nuestra voluntad. La teología reformada nos confronta con la realidad de que, abandonados a nuestro propio arbitrio, no poseemos la brújula moral ni la fuerza espiritual para regresar a Dios, como muchos parecieran querer presentar el evangelio el día de hoy. El pecado no solo debilitó nuestras capacidades, sino que nos incapacitó por completo para obrar el bien y nos dejó en una condición de bancarrota espiritual donde cada pensamiento y deseo corren en dirección opuesta a la santidad del Creador.
Esta dolorosa condición la describe con precisión el profeta en Isaías 53:6, que es el texto que he puesto hoy en la imagen: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, Nos apartamos cada cual por su camino; Pero el Señor hizo que cayera sobre Él
La iniquidad de todos nosotros.». La Escritura utiliza la figura de la oveja perdida para ilustrar nuestra incapacidad: una oveja descarriada no sabe volver al redil por sí misma y está condenada a la ruina a menos que el pastor la rescate. Nosotros elegimos nuestro propio camino de rebelión, demostrando que por naturaleza estamos completamente inclinados al mal y desprovistos de justicia.
Esta verdad bíblica es la que sostiene la Pregunta 8 del Catecismo de Heidelberg al preguntar si estamos tan corrompidos que somos totalmente incapaces de hacer el bien. La respuesta afirma que sí, a menos que seamos regenerados por el Espíritu de Dios. El catecismo conecta perfectamente con el lamento de Isaías, despojándonos de cualquier pretensión de auto-salvación; nos recuerda que nuestra única esperanza no radica en nuestra capacidad de enmendar el rumbo, sino en una intervención soberana y externa que transforme nuestro corazón de piedra.
Amada iglesia, la belleza del Evangelio resplandece con mayor fuerza cuando reconocemos la profundidad de nuestra incapacidad. Aunque nuestra naturaleza caída nos apartó del camino, la maravillosa gracia del Padre dispuso que toda nuestra culpa fuera cargada sobre los hombros de Jesucristo en la cruz. No dependemos de nuestras débiles fuerzas para mantenernos a salvo; el Buen Pastor ya nos reclamó, nos dio vida nueva por su Espíritu Santo y prometió sostenernos en sus manos soberanas, incluso en los tiempos en los que la tormenta pareciera atacar con más furia y nuestra fe se quebrante. El que nos sostiene es el amado Salvador, que ha prometido caminar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Ten paciencia, resiste, no desmayes. Sé valiente y espera en él.
–Pastor Carlos
Un peregrino caminando la fe, porque la fe se camina